WATCHMEN – Zack Snyder (2009)


LA ESPERA VALIÓ LA PENA
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por Julio C. Piñeiro
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De todos es sabido que cuanto más se tarda en estrenar una producción, cuantos más ríos de tinta se vierten en su honor, en definitiva, cuanta más expectación se crea en torno a ella, las exigencias se multiplican, y las posibilidades de decepcionar se incrementan exponencialmente. Todo ello sumado a la grandeza de la fuente de la que procede el film, la novela gráfica (eufemismo empleado para referirse a los cómics de calidad) más exitosa y reconocida de todos los tiempos, y a su densidad, principal enemigo en casa, por el que muchos creían imposible realizar una adaptación cinematográfica de la obra.
Pero Zack Snyder nos ha dado con un agradable canto en los dientes. Surgió mucho escepticismo con respecto a su capacidad para hacerse cargo del proyecto, tras las diferentes impresiones que causó su anterior film, la épica 300, que encandiló al público general pero no terminó de convencer a los fans del original de Frank Miller. No obstante, Snyder, junto al guionista Alex Tse (a partir de un guión anterior de David Hayter) y un reputado equipo, han superado el reto con nota: no sólo han sabido condensar en poco menos de tres horas todo el volumen de Alan Moore y Dave Gibbons sin aburrir un solo momento, sino que además han sido fieles a su esencia visual, argumental, psicológica y política.

El valor añadido de esta adaptación es la gran habilidad que han demostrado al lidiar con los aspectos más controvertidos del cómic: como era de esperar, la paralela historia de los piratas no ha sido incluida (tranquilos sus admiradores: será el plato fuerte de la versión extendida), pero se atrevieron con lo más arriesgado, ese final con un calamar gigante que tanta diversidad de impresiones causó y sigue causando a los lectores del cómic, para solucionarlo de una manera elegante y escueta, aprovechando las características del Dr. Manhattan, uno de los personajes principales.
En el aspecto visual tampoco se quedan atrás, ni muchos menos: ciertas escenas, de gran importancia en el desarrollo de la trama, son reproducciones idénticas de la viñetas, que apelan con gran complicidad a aquellos que sí han leído el cómic. Desde la tipografía general del film hasta los planos en los que se amaga la aparición de Rorschach sin máscara.

Sobresaliente en la caracterización de unos más bien desconocidos actores, para tratarse de un proyecto de tal magnitud. Especialmente Walter Kovacs/Rorschach (Jackie Earle Haley, resucitado fílmicamente con su papel de pederasta en Juegos secretos, que le valió una nominación al Oscar) y Daniel Dreiberg/Búho Nocturno II (Patrick Wilson, popular desde Hard Candy), ya no sólo por el excelente diseño de vestuario (que ha sabido recrear a la perfección el estilo de Gibbons, haciéndonos reconocer a los vigilantes si necesidad de indicación alguna, tanto de paisano como en traje de faena), sino también por el gran trabajo de estos dos intérpretes a la hora de sumergirse en la psicología y el carácter de estos moralmente complejos personajes. El caso de Adrian Veidt/Ozzymandias (Matthew Goode) es algo diferente: se le diseñó un vestuario menos colorista, para así evitar las connotaciones homosexuales que tanto caracterizaron a los excesos estéticos de Zack Snyder en 300, donde fue uno de los aspectos más chocantes. La caracterización de este vigilante, antítesis moral y social del resto, se realizó más bien mediante la dirección artística, tanto en su ego humano, como superdotado multimillonario y comprometido, con el orden y el cuidado de sus oficinas (contrapuestos a la sordidez o austeridad de los habitáculos del resto) como en su ego superheroico, megalómano, a través de esas grandiosas recreaciones arquitectónicas egipcias del final del relato.

Pero lo que hace a este narración transcender el mero entretenimiento o el relato moralista de sórdidos individuos es su situación significativa en un contexto político y social determinado, como es la Norteamérica desde el final de la II Guerra Mundial hasta los últimos años de la Guerra Fría, con más hincapié en un post-Vietnam ficticio con un Nixon popular todavía en el gobierno, con ya varias legislaturas a sus espaldas, en un futuro inmediato pre-apocalíptico, con la amenaza nuclear en un horizonte más cercano que nunca. Todo este homenaje/visión crítica de este relativamente amplio periodo de la historia norteamericana aparece hábilmente sintetizado en la soberbia secuencia de los créditos iniciales, al ritmo de The Times They Are A-Changin’ de Bob Dylan, en el que además sintetizan en un puñado de planos los “extras” del cómic, como es la historia de los Minute Men (primera generación de vigilantes) o Bajo la máscara, memorias del primer Búho Nocturno; asimismo, aprovechan para mostrar la historia de secundarios como Silueta o Polilla. Durante toda la película apreciamos intencionadas referencias a la cultura popular yankee (y occidental por extensión) como es la intervención de Silueta en la mítica foto de beso de la enfermera y el marinero en Times Square, las imágenes del Dr. Manhattan combatiendo en Vietnam al ritmo de La Cabalgata de las Valquirias, o Nixon y Kissinger discutiendo la guerra nuclear en el Pentágono con un teléfono rojo a su alcance. Además de una banda sonora en la que escuchamos temas fundamentales en la música de los últimos cincuenta años (con toda esta cantidad de evocaciones a la cultura popular norteamericana, a la par que a su propia historia, a veces el film llega a parecer el hermano sórdido y oscuro de Forrest Gump), cuya presencia sorprende pero está del todo justificada, exceptuando esa escena erótica en Archie (la nave de combate del Búho Nocturno) al compás de Hallelujah, de Leonard Cohen, que peca de hortera y está metida con calzador.

En el aspecto más técnico, se debe decir que le han imprimido un ritmo envidiable al narración, culpable de que esas casi tres horas nos sumerjan de lleno en la película y se nos pasen en una mecha. Al mismo tiempo, la sensación de impredecibilidad y sorpresa dosificada es idéntica a la del propio cómic. Las escenas de acción se limitan a las estrictamente necesarias, y se sitúan en puntos clave de la narración; mención especial, por su loable elegancia, la secuencia inicial con el asesinato de Edward Blake/El Comediante (Jeffrey Dean Morgan), al relajado compás de la ocasionalmente diegética Unforgettable, de Nat King Cole, y la entrada de Espectro de Seda (una sensual Malin Akerman) y Búho Nocturno en la prisión, repartiendo estopa a diestro y siniestro sin despeinarse. En cuanto a los efectos digitales, hay que decir con total convicción (y esto casi nunca pasa) que están al completo servicio de la narración, y no al contrario: se temía mucho por los posibles excesos, pero en cambio se han ‘limitado’ a paliar necesidades fundamentales como todo lo relativo al Dr. Manhattan o la compleja arquitectura tecnológica.
Watchmen es, en definitiva, una pieza épica, intimista, moralista, referencial y autoreferencial, y un sinfín de calificativos que la hacen altamente recomendable, tanto para quien ha leído el cómic como para quien no. Al salir de la sala, sólo nos preguntaremos una cosa: ¿quién vigila a los vigilantes?
 

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